lunes, 20 de mayo de 2013

El socialismo de George Orwell - Ángel J. Cappelletti



George Orwell, cuyos inicios literarios nos remiten a una colección de «versos cristalinos» y a «la densa y elaborada prosa de la novela Burmese Days un tanto decadente y con su punta de naturalismo a la Huysmans» (según expresión de Giorgio Monicelli), se convirtió en época bastante temprana de su vida en un escritor socialista.
En Down and Out in Paris and London refiere con desenfado y no sin un grano de humor sus experiencias entre el «lumpen» y entre los trabajadores más explotados de las grandes urbes (lavaplatos, cocineros, etc.). En Keep the Aspidistra Flying narra las angustias del joven poeta Gordon Comstock, que aborrece el dinero y al mismo tiempo se ve obligado a perseguirlo sin cesar, que sufre por su pobreza pero se resiste a integrarse en la sociedad burguesa mediante un good job.
El amplio ensayo The Road to Wigan Pier analiza, con estilo colorido pero con rigor que llamaríamos sociológico, si esto no fuera entre nosotros sinónimo de aburrida minuciosidad, las condiciones de vida y de trabajo de los mineros ingleses de los años treinta. Por momentos uno cree encontrarse en estos libros con esa interpretación «economicista» del marxismo tan frecuente, a principios de siglo, entre los socialistas que no habían podido sustraerse al positivismo y al cientifismo mecanicista. Pero esto tiene una fácil explicación en la crisis económica iniciada en 1929, con su secuela de desocupación, pauperismo, bajos salarios, guerras coloniales, etc.
Cuando Orwell quiere explicar su idea del socialismo, enseguida advertimos que está tan lejos de reducirlo a una lucha por el salario como de postular un capitalismo de Estado. Más aún podemos notar que, por una parte, no se hace demasiadas ilusiones con el parlamentarismo laborista y, por otra, intuye con claridad las similitudes entre stalinismo y fascismo.
Sin embargo, antes de su viaje a España y de su activa intervención en la lucha armada contra los ejércitos franquistas, Orwell mantenía relaciones más o menos cordiales con el Partido Comunista inglés y sus escritos eran acogidos y favorablemente comentados en la prensa del partido y en el Daily Worker. La experiencia española, brillantemente narrada en Homage to Catalonia y lúcidamente comentada en sus cartas a Geoffrey Gorer, Cyril Connolly, Stephen Spender y otros, significó para él no un cambio sustancial pero sí una nueva y vigorosa redefinición de sus ideas socialistas.
Cuando, a fines de 1936, Orwell decide viajar a España para escribir una serie de artículos sobre la guerra y la revolución, lleva consigo credenciales del Partido Laborista Independiente (ILP), este partido desprendido del tronco del laborismo, incluía tal vez entre sus militantes a algunos trotskistas, pero de ninguna manera podía considerarse un partido trotskista. En realidad, lo más parecido a él desde el punto de vista ideológico era el viejo Partido Socialista Independiente alemán. El grupo de militantes del laborismo independiente inglés que había ido a luchar a España (a los cuales se agregó Orwelll, se incorpora, a fines de enero de 1937, a las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Este partido, pequeño pero muy combativo, reunía a un grupo de comunistas de izquierda antiestalinistas. Tampoco era un partido trotskista (el mismo Trotski lo hizo blanco de sus críticas en más de una ocasión), pero para el Partido Comunista stalinista todo grupo o individuo que se llamara marxista y revolucionario sin acatar los úkases del nuevo zar rojo era trotskista y, por consiguiente, social-fascista y colaborador de Hitler y de Franco.
Orwell, que nunca estuvo afiliado al ILP y, desde luego, mucho menos al POUM, se vio así enfrentado al Partido Comunista stalinista. Aunque reconocía en los poumistas muchos méritos (como su falta de dogmatismo sectario y su tolerancia), aunque coincidía parcialmente con su línea ideológica y con su estrategia política, tampoco puede decirse que hubiera una plena identificación con ellos. Él mismo admitía que su adscripción a las milicias poumistas se debió en buena parte al azar. Si al llegar a Barcelona hubiera podido elegir, con conocimiento de causa, entre los varios partidos y organizaciones que luchaban allí contra el fascismo, sin duda hubiera elegido a la CNT, es decir a la organización anarcosindicalista.
En unas notas inéditas, escritas en Marruecos en 1939, dice:

En aquellos momentos tenía sólo una vaga idea de las diferencias entre partidos políticos que habían sido encubiertas en la prensa inglesa de izquierdas. Si hubiera conocido bien la situación, seguramente me habría alistado en las milicias de la CNT
Sería, sin duda, ilegítimo inferir de aquí que Orwell llegó a ser anarquista o anarcosindicalista y que su socialismo se convirtió simple y llanamente en socialismo libertario. Pero es indudable que su concepción de un socialismo revolucionario, no parlamentario, pero absolutamente consustanciado con la libertad, que sostenía desde sus años juveniles, se vio reforzado en España por el contacto con la teoría y la praxis anarcosindicalista.
Y es indudable también que el culto heroico a la libertad, valor inescindible de la justicia, por parte de los anarquistas españoles conmovió no sólo sus concepciones de pensador izquierdista, sino también su sensibilidad de artista y de poeta. A la luz de esta experiencia revolucionaria y no, en modo alguno, a la mortecina luz de la democracia burguesa, como estúpida o interesadamente pretenden hoy los ideólogos de la derecha yanqui, deben leerse tanto Animal Farm (1945) como 1984 (1948). Pero no menos estúpida e interesada es la interpretación de los escritores del Pravda, según los cuales la sociedad anticipada por Orwell en esta última novela corresponde a los Estados Unidos de América. Cualquiera que conozca la vida, las ideas, las obras y la correspondencia del escritor inglés se da cuenta fácil e inequívocamente de que el modelo que éste tuvo ante sus ojos al pintar el monstruoso Estado del Gran Hermano no es Estados Unidos ni siquiera la Alemania de Hitler (que en 1948 todos creían definitivamente muerta), sino la Rusia de Stalin, a la cual le ha negado ya la condición de país «socialista».
Es obvio que la anti utopía prevé la extensión del modelo soviético stalinista a todos los países del mundo y que una de las tres grandes potencias (donde la acción precisamente se desarrolla), Oceanía, es la Inglaterra del futuro, pero el Arquetipo del Estado totalitario  –y entiéndase bien, antisocialista– es, para Orwell, en 1948, la Rusia de Stalin, si bien no duda que pronto copiarán el Arquetipo la Inglaterra de Churchill y los Estados Unidos de Truman.
¿Cuál es, para él, la utopía socialista que puede oponerse a la anti utopía de 1984? Sin duda, la España revolucionaria de 1936, la de las colectividades industriales y agrarias autogestionadas, la del POUM, pero, sobre todo, la de la CNT-FAI.
Publicado en Polémica, n.º 13-14, octubre 1984.

Ángel J. Cappelletti


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