lunes, 10 de septiembre de 2012

Ricardo Flores Magón, - La patria no es del pueblo.



Después de cada hecatombe, en que miles de borregos constitucionalistas pierden la vida, Carranza levanta los ojos al cielo y dice con voz llena de santa unción patriótica: La Patria quiere sacrificios.
Huerta, al saber que en tal o cual combate han rendido su existencia miles de borregos federales, entorna la mirada y dice suspirando: Todo por la Patria.
Lo mismo dijo Iturbide cuando la borrachera de Pío Marcha lo llevó al trono; Santa Anna pronunció idénticas palabras cuando la borrachera de la plebe lo llevó a la dictadura; Bustamante profirió idénticas palabras cuando el último estertor de Guerrero se perdió en los jacales de Cuilapa; santiguándose como una cucaracha de iglesia, todo por la Patria, dijo Porfirio Díaz cuando su brutal lugarteniente cumplió al pie de la letra, esta sentencia de hiena: ¡Mátalos en caliente!; invocando a los espíritus balbuceó algo parecido aquel pobre idiota que se llamó Francisco I. Madero cuando las arenas de Rellano y de Conejos se enrojecieron con la sangre de maderistas y orozquistas; las mismas palabras abrieron paso a las balas que cortaron la estéril existencia de Madero y Pino Suárez ...
¡Todo por la Patria! ¡La Patria quiere sacrificios! Palabras estúpidas que han servido de pretexto para que legiones de brutos se rompan la cabeza.
Y bien, ¿qué es la patria? La patria es una mezcolanza de cosas, de ideas, de tradiciones, de prejuicios que muy pocos entienden, y, sin embargo, tal vez por ser incomprensible muchos son los que ponen la panza a las balas enemigas por defender eso que no conocen y que ningún beneficio les reporta.
La patria, se dice, es, en primer lugar, la tierra en que nacimos con la añadidura de las gentes que pueblan esa tierra, las leyes que rigen las relaciones de esos habitantes, las tradiciones comunes de la raza. Eso es la patria, y por eso miles de hombres pierden la vida.
El presidiario que consume su existencia en las penumbras del calabozo no puede decir que el presidio es su patria. Y los hombres que agonizan en el surco que no es suyo; los trabajadores que pierden la sangre en las fábricas ajenas; los mineros que socavan las minas de otros; todos los que trabajan para beneficiar al burgués, ¿qué patria tienen? Si la patria es la tierra en que nacimos, esa tierra debería ser de todos; pero no es así: esa tierra es la propiedad de unos cuantos, y esos pocos son los que ponen el fusil en nuestras manos para defender la patria. ¿No sería más lógico que, siendo ellos los dueños de la patria, fueran sus manos las que empuñaran el fusil y no las manos de los que no tienen más tierra que la que pueden recoger en los zapatos?
La patria, proletarios, es algo que no es nuestro, y, por lo mismo, en nada nos beneficia. La patria es de los burgueses, y, por eso, a ellos únicamente beneficia. La patria fue inventada por la clase parasitaria, por la clase que vive sin trabajar, para tener divididos a los trabajadores en nacionalidades y evitar, o al menos entorpacer por ese medio su unión en una sola organización mundial que diera por tierra el viejo sistema que nos oprime.
En los litros de las escuelas, la burguesía fomenta el patriotismo entre la niñez, sembrando así en los tiernos pechos el odio a las demás razas que pueblan el mundo. Las fiestas patrióticas abundan en todas las naciones del mundo; el culto a la bandera raya en fanatismo en todos los países; las tradiciones nacionales encuentran poetas y literatos que las narran, inflamando en los pechos de la gente soberbias insensatas, vanos orgullos de raza, pues esos literatos burgueses se dan maña para hacer entender que no hay raza más grande, más valiente, más inteligente que aquella a la que se dirigen. De esta manera la burguesía divide en razas y en nacionalidades a los habitantes de la tierra; y el trabajador ruso se considera más valiente que su hermano el trabajador francés, mientras el proletario inglés cree que no hay en la tierra un hombre como él; y el español, por su parte, se jacta de ser la obra más perfecta del mundo; y el japonés, el alemán, el italiano, el mexicano, los individuos de todas las razas, se consideran siempre mejores que los demás de las otras razas. De esta división profunda entre el proletariado de todas las razas se aprovecha la burguesía para dominar a sus anchas, pues la división por nacionalidades y razas impide que los trabajadores se pongan de acuerdo para derribar el sistema que nos ahoga.
El pobre no tiene patria porque nada tiene, a no ser su mísera existencia. Son los burgueses los únicos que pueden decir: esta es mi patria, porque ellos son los dueños de todo. Los pobres son el ganado encerrado en los grandes corrales llamados naciones, y ¡oh, ironía! a ese ganado se le obliga a defender la patria, esto es, la propiedad de los burgueses, y al caer por millares en los campos de batalla donde se deciden vulgares querellas de patrias de la política, gritan los jefes: Todo por la Patria.
Basta de comedias, hermanos proletarios. Cualquiera que sea la bandería política por la cual empuñáis las armas, recordad que siempre habéis sido la carne de cañón sacrificada en aras de esa cosa que no existe para vosotros: la patria. ¡Basta de farsas! Matad a Huerta, a Carranza, a Villa, a todo aquel que os hable de patria, de ley, de gobierno paternal, y, como hombres, aprovechad los fusiles que tenéis en las manos para arrebatar del rico la tierra, las casas, las minas, los barcos, los ferrocarriles, haciendo de todo ello propiedad común para que lo aprovechen por igual hombres y mujeres.
(De Regeneración, N° 185 del 18 de abril de 1914)

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